Una historia dominical

Hoy por la mañana estuve visitando un pueblo a las faldas del Iztaccíhuatl, con sorpresa pude notar que había un grupo de mujeres ya  mayores que pretendían subirse a la camioneta que me transportaría de regreso hacia la cabecera municipal.  Ellas decían que lo habían alquilado primero y que le habían adelantado el pago unas horas antes.

Sin dudar de sus palabras, volteé y pregunté al chofer tratando de averiguar si aquello era verdad.  Asintiendo con preocupación, fingió verse sorprendido y pretendía arrancar sin siquiera atender la petición de las señoras.  Afortunadamente tenía la puerta cerrada si no tal vez me hubiera caído,  y le exigí que parara, que prefería bajarme. Así lo hice y al tocar el suelo sentí un gran descanso en el alma. Ya que un miedo me llenó cada uno de mis sentidos sin saber por qué

El se fue sin brindar el servicio a nadie más. Tuve entonces que averiguar cómo podría yo salir de la localidad y qué sobre todo, fuera funcional y accesible. Mientras tanto observaba al grupo de señoras, con sus canastas y bolsas llenas de múltiples contenidos, que al verse en la misma situación, me invitaron a unirme en la búsqueda de un medio de transporte.

Bajando por una de las calles hacia el centro de la localidad, nos indicaron que existía una pequeña terminal de autobuses la cual brindaba el servicio cada hora y que era accesible. Todas esbozamos una sonrisa, nos encaminamos al lugar y al tratar de adquirir boletos, la taquilla se encontraba cerrada con un letrero que decía: «Servicio suspendido hasta nuevo aviso»

Entonces nos trasladamos al centro del lugar, donde había un hermoso quiosco, con un local  en donde las aguas de sabor y fruta fresca adornaban su entrada, todas sin dudarlo pedimos un vaso de agua de diferente sabor o la fruta de preferencia. Ahí le comentamos al encargado nuestra situación y  ofreció llevarnos a la cabecera municipal pues él iría un poco más tarde a atender algunos asuntos.

 Casi una hora más tarde pudimos, al fin,  salir hacia el siguiente destino. Al contar esta aventura a mis familiares no les pareció creíble, ya que su argumento era, muy lógico ciertamente, que hoy veintisiete de marzo del año 2022 no puede ser posible que en sitios cercanos a la Ciudad de México existen poblados que no estén bien comunicados. Esto me sucedió hace unas horas.

Verídica

                  Para Enrique Lomas

Cuando le dieron la noticia

sintió que nada es justo, que la vida

es un sueño de locos. Para cargar el cuerpo

solicitó la fuerza de su hermano.

La colocaron en la camioneta;

de riguroso luto iba vestida

con los ojos abiertos.

Él manejó centenas de kilómetros

oliéndola, sintiéndola,

atrás como una noche pavorosa;

no debía vacilar: era su madre

y había muerto sin verlo.

Gilberto Prado Galán